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Retrato de Alberto Amaya

Alberto Amaya

Lugar
Queretaro, Querétaro
Fallecimiento
22 de junio de 1995

En su memoria

ALBERTO AMAYA

ALBERTO, LA TOY:
UN RETRATO TAMAÑO MIÑÓN

Alberto Amaya era un abogado chaparrito, frágil y nervioso al que conocí, hace más de cinco años, en un taller de Sexo Seguro que impartimos Paco Estrada y yo mismo, y donde él participó. Poco después, Alberto decidió unirse a la lucha contra el SIDA y tomó un Curso de Capacitación, donde tuvo como maestras a varias perras notables, entre las que destacaban Xabier Lizarraga y Luis Armando Lamadrid. Y como Alberto aspiraba a la perrez, habilidad dialéctica que siempre admiró, comenzó a juntarse con quienes podían enseñársela mejor: las mismas maestras. Sus primeros ladridos fueron tan pequeños como él, por lo que fue bautizada -por Luis Armando, ¿quién más?- como La Toy, haciendo caso a la lógica de que quizá llega¬ría a perra, pero siendo tan chiquita y comportándose tan selecta, le correspondería la variedad French Poodle Toy. De todos los motes, apodos y sobrenombres que tuvo -El Venadito, Elena, Bambi, el Señor Spocki¬to, la Jotita Maravilla, el Abogado de Bolsillo, el Ratón Pancho, etc- Alberto prefirió y adoró el de La Toy, que reivindicó y pu¬blicitó al grado de que incluso hubo quienes llega¬ron a creer que era su apellido y preguntaban, con gran solemnidad, por el señor “Alberto Latoy”.

Por aquel entonces, Toy estaba tronando -y finalmente tronó- con Da¬niel, quien fue su pareja de años, por lo que solicitó hospeda¬je y san¬tua¬rio en casa de Xabier, donde anunció una estancia de unos cuantos meses que se convirtieron en unos cuantos años. Allí desa¬rrolló habili¬dades selectas: dejó de ser abogado para conver¬tirse en hábil bordadora de chaquira y canutillo, y aprendió a hablar de leyes en un idioma muy parecido al español. También allí pudo liberar a la travesti que llevaba dentro, convirtiéndose en dama de socie¬dad para acudir a una célebre fies¬ta de cum¬pleaños de mi primo Chicharito Estrada.

Afable, servicial y apacible, Alberto era un personaje fácil de amar. Indolente, indiscreto y terco, también hubiera sido fácil detestarlo, pero siempre la balanza terminaba inclinándose a su favor: La Toy tenía el don de conmover y desarmar al más enfurecido. No creo que jamás dañara a nadie, aunque lo hubiera deseado: su buen natural se lo impedía. Carecía de malicia y de rencores; sin embargo fue víctima del desdén y de la ingratitud, incluso por parte de algunos que decían ser sus amigos. Por ejemplo, fue hostilizado, agredido y finalmente obligado a renunciar a AVE de México por -entre otros- el actual presidente del grupo, a pesar de que éste decía ser su gran comadre y confidente, y a pesar de que a La Toy se debe el trámite burocrático engorroso, prolijo y extenuante, con el que consiguió la deducibilidad de impuestos de que hasta la fecha goza dicha asociación.

Era llorón y sentimental. Le gustaba la música de Cat Stevens y Don Mc Lean, pero sobre todo las comedias musicales. Logró que todos los que lo rodeábamos, llegáramos a detestar las canciones de “Qué Plantón”, que oía una y otra vez. Se le salían las lágri¬mas escuchando The Music of The Night, de El Fantasma de la Ope¬ra, en la versión a dúo de Barbra Streisand y Michael Crawford.

Fue mi secretario y asistente personal por ocho meses, en los que puso en orden mi extraño y abigarrado archivo y biblioteca, anotando cada documento, libro y revista, por título, tema y fecha, en largos listados de papel amarillo, con su caligrafía cuidadosa y menudita, aprendida en el colegio de curas maristas donde estudió antes de meterse al seminario, del que salió para estudiar la carrera de Leyes. Era ávido lector de la Biblia, y organizó la suya por libro, título y capítulo, poniéndole pestañitas de papel con los letreros correspondientes. Durante su época religiosa, viajó a Irlanda y Roma, donde reunió un número indeterminado de crucifijos bendecidos por el Papa, que luego regaló a sus amigos. Le divertía encontrar errores y necedades en los dogmas cató¬licos y, como era creyente, cada vez que criticaba su religión, tenía un es¬tre¬me¬ci¬mien¬to inte¬rior que conjuraba repitiendo, como fórmula mágica, “Ay tú, no me vaya a caer un rayo en seco”.

Sin embargo, Toy estaba lejos de ser una beata o una persinada. Corrió desnudo y sintiéndose musa griega por las playas de Oaxaca. Participó en orgías estrepitosas. Fue instructor de talleres de sexo seguro. Coleccionaba condones y perfeccionó la técnica para colocarlos con la boca.

Admiraba en secreto y a voces la habilidad transformista de Tito Vasconcelos, para quien bordó un soberbio corselete azul. Era fanático de Medianoche en Babilonia y grabó más de un año de programas en casetes rojos marca Sony. Disfrutaba mucho de las Crónicas de La Gente Decente, y muchas veces sus experiencias personales dieron asunto a Irmita Iztapalapa para afilar su estilete contra la gente decente. En cuatro de ellas, se le menciona como personaje importante, porque lo fue.

Ingresó a Guerrilla Gay y participó, entusiasta y constante, de los Martes del Taller. Siempre encontró algo qué elogiar en cada charla, aunque a veces los mismos expositores participantes no lo encontraran. Adoró a las aguerridas chiquillas de Palomilla Gay, quienes la adoraban en justa correspondencia. Tenía un código personal, extraño e indescifrable, para medir y clasificar el grado de sordidez e inconveniencia de los bares gay. Opinaba ex cátedra a veces de manera exasperante acerca de un sinnúmero de asuntos, pero nunca desdeñó la oportunidad de admitir sus errores y equivocaciones, proceso que le era, no obstante, lento y doloroso.

Su color favorito era el verde. Le encantaban los chalecos y los pantalones ajustados, las corba¬tas estampadas, los calzones de bolitas, los tirantes y los cinturones tejidos. Nunca perdió el sentido del humor, ni siquiera cuando el SIDA le arrebató su posesión más preciada: su buen cuerpo, mismo que le encantaba presumir. Tenía muy buena nalga y espléndida cintura.

De Toy conservo objetos dispares y sorprendentes: una onza de plata, el himno nacional escrito por él en una larga cinta trico¬lor, un crucifijo bendecido en Roma, un disco de música New Age y, sobre todo, el calor de su persona, a veces esquiva, a veces cer¬cana, pero siempre confiable y amistosa.

Alberto Amaya Torres, La Toy, falleció el 22 de junio de 1995 en Querétaro, ciudad que detestaba.

Mi queri¬dísimo Toy: No creo en el cielo ni en el infierno. Prefiero creer, en cambio, que sigues aquí, entre nosotros, en mi estudio, en casa de Xabier, en Media¬noche en Babilonia, en los Martes de El Ta¬ller... En suma, en los sitios y con los amigos que siempre te gus¬taron.

Con amor, Jesús.

26 de junio de 1995.

Foto cortesía de Xabier Lizárraga Cruchaga, texto por Jesús Calzada

Fuentes

Notas periodísticas y publicaciones con las que documentamos este caso. Se abren en otra pestaña.

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